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¿Qué pasa con las personas que nunca llegan a conocer el evangelio?

Introducción

Es una pregunta que nos han hecho, y que nosotros mismos nos hemos hecho: «¿Qué pasa con las personas que nunca llegan a conocer el evangelio?». Para los que somos creyentes en la Biblia, solo hay dos posibilidades: o se salvan, o se pierden: o van al Cielo, o van al Infierno. ¿Pero cuál de las dos será?

A continuación, ofrezco diez argumentos a favor de la «tesis» de que esas personas que nunca llegan a conocer el evangelio no se salvan, sino que se pierden. (¡Son argumentos a favor de esa tesis, no a favor de la perdición de nadie!). Sé que es un tema muy difícil —no pretendo dar la impresión de que sea fácil— y sé que, al final, el Señor no solo sabe la respuesta, sino que actuará con perfecta justicia con todo el mundo. (Este es el gran consuelo del creyente ante cuestiones tan difíciles como esta). Pero si Dios nos ha dado una mente, y si a esa mente la inquieta el pensamiento: «¿Qué será de las personas que nunca tengan el privilegio de conocer el Evangelio de Cristo?», y si le ha parecido bien a Dios darnos en su Palabra aunque sean solo unos destellos en la oscuridad, entonces creo que es nuestro deber intentar, con mucha humildad, llegar hasta donde podamos…

El verdadero asesino

«¿Quién será el asesino?»: es la pregunta que nos hacemos cuando estamos leyendo una novela del género «¿Quién lo hizo?», o al ver una película del mismo género. ¿Pero quién es el verdadero asesino espiritual del ser humano? ¿Qué es lo que «mata» a las personas espiritualmente, y las lleva al Infierno? Hay quienes dicen que «el asesino» es el rechazo del Evangelio por parte de la gente. Sin duda en ello hay algo de verdad: como dirían «los puritanos», rechazar el Evangelio es «pecar contra el remedio». Sin embargo, a mí me parece más correcto —más bíblico— decir que «el verdadero asesino» es el pecado. Fue aquella Caída en el pecado lo que separó al hombre de Dios y lo que trajo consigo la muerte: en todos los sentidos. Y es el pecado lo que, como aquellos querubines al oriente del Edén, corta el camino al Paraíso. Y será, también, el pecado la acusación escrita sobre la cabeza de toda persona impenitente en el día del juicio. Si tienes alguna enfermedad mortal, es cierto que el rechazo del tratamiento necesario te llevará a la muerte, pero lo que realmente te matará, estrictamente hablando, será la enfermedad misma. Las personas que nunca llegan a conocer el Evangelio son, todas ellas, pecadoras: «no hay hombre [¡ni mujer!] que no peque» (1 Ro 8:46). La ignorancia del Evangelio no exime de la culpa del pecado. Aunque a nosotros nos parezca injusto que esas personas nunca tengan la oportunidad de ser salvas, sigue siendo verdad que merecen ser castigadas por el hecho de ser pecadoras.

¿Derechos humanos?

Estamos tan acostumbrados a oír hablar de los derechos humanos que sería fácil perder de vista que esos «derechos humanos» son los derechos de todos los seres humanos con respecto a los demás seres humanos. ¿Pero qué derechos tiene el ser humano ante Dios? Ninguno, y eso por dos razones: (1) Porque Dios es el Creador, y el ser humano la criatura: Dios el Alfarero, y nosotros el barro en sus manos; y (2) Porque nuestra condición de pecadores hace que nuestro único derecho ante Dios sea el derecho de ser castigados por Él. Por ello no se puede decir que nadie tenga derecho a conocer el Evangelio, o a tener por lo menos una oportunidad de ser salvo. Dios no está bajo ninguna obligación ni de salvar a nadie, ni de darle a nadie la oportunidad de conocer el Evangelio. Además, si estuviera bajo obligación, entonces eso no sería libre gracia. Nos puede parecer injusto que en esta esfera no exista «la igualdad de oportunidades», pero aun si fuera verdad que Dios le da a todo el mundo al menos una oportunidad de conocer el Evangelio, las oportunidades de unos y de otros nunca serían iguales.

Antes de Cristo

Me da la impresión de que cuando se habla de este tema de los que nunca llegan a conocer el Evangelio, solo se piensa en las personas de ahora o, como mucho, solo en las personas que han vivido después de Cristo. ¿Pero qué pasa con todas las personas que vivieron antes de Cristo? Tengo dos preguntas al respecto: (1) ¿Qué evidencia hay de que todas las personas que vivieron antes de Cristo llegaran a conocer «el evangelio» (en el sentido —profético, etc.— en que lo conocieron los israelitas en aquel entonces)?; y (2) si no todo el mundo llegó a conocerlo, ¿se salvaron —fueron al Cielo— los que no llegaron a conocerlo? La lógica es la misma, ¿no?; si el argumento es que no sería justo por parte de Dios condenar al Infierno a nadie que no hubiera tenido por lo menos la oportunidad de conocer el camino de la salvación, el argumento es igual de válido si se aplica a las personas antes o después de Cristo.

«No tienen excusa»

Estas tres palabras: «no tienen excusa», son una cita de Romanos 1 (las últimas palabras del versículo 20). En el contexto, el apóstol Pablo está estableciendo la verdad de la culpa ante Dios de todos los seres humanos (en su condición «natural»), sean judíos o gentiles. (Esto lo hace el Apóstol como trasfondo necesario para su magistral exposición del evangelio). Ahora, lo que nos interesa con respecto al tema que aquí nos ocupa es el hecho de que Pablo dice: «no tienen excusa», no en un contexto del rechazo del Evangelio, sino en el contexto de lo que los teólogos llaman «la revelación general» —lo que de Dios se puede conocer por medio de «las obras de sus manos» (en la creación, etc.)— (cf. Ro 1:18 y ss.). Es más, a continuación el Apóstol demuestra la culpa delante de Dios de todas aquellas personas que cometen cualquier forma de idolatría, ya que, aun sin tener acceso a «la revelación especial», sí tienen esa «revelación general», la cual, si bien no es suficiente para llevarles a la salvación, sí es suficiente para llevarles a la condenación. Así que, la pregunta aquí sería: ¿acaso no se podrían aplicar las palabras del Apóstol —«no tienen excusa»— a todas las personas que nunca llegan a conocer el evangelio?

Los sin ley

Un argumento parecido al anterior sería el de Romanos capítulo 2 (versículos del 1 al 16). En este pasaje, Pablo demuestra la justicia del juicio de Dios, tanto en el caso de los que conocen su Ley (los judíos y otros) como en el caso de los que nunca llegan a conocer esa Ley suya. Y lo que parece que viene a decir es que tanto los unos como los otros quedan bajo el juicio de Dios (para usar una frase de Romanos 3:19): los que tienen la Ley de Dios, porque no la han cumplido (Ro 2:1-5, 13); y los que no tienen la Ley (vv. 14-15), porque tienen la misma Ley «escrita en sus corazones» (v. 15), y la conciencia de cada uno también le habla (v. 15b), y aun así pecan contra esa «revelación interna» y, por tanto, «todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán» (v. 12a). A algunos les parece ver aquí algo de esperanza para los que nunca llegan a conocer la Palabra de Dios, ¡¿pero qué esperanza hay en eso de que «todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán»?! ¡¿Acaso hay alguno de ellos que no haya pecado?! ¿Y no es verdad que todo el argumento del Apóstol en esta primera parte de la carta tiene como fin el demostrar que todos los seres humanos, tanto judíos como gentiles, son culpables delante de Dios y, por tanto, necesitan el Evangelio?

El medio ordenado por Dios

Ya hemos visto, en el punto anterior, el apuro espiritual en el que se encuentra todo ser humano delante de Dios: todos son pecadores; todos son culpables; todos están bajo el justo juicio de Dios. ¿Entonces, cuál es la solución?: ¿cuál es «la buena noticia»? También es el apóstol Pablo (entre otros) el que nos da la respuesta: «Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación» (1 Co 1:21). ¿Qué implica esto? Pues, que la predicación del Evangelio es el medio que Dios ha ordenado para la salvación de pecadores. (Ya se sabe que aquí «la predicación» no se refiere tanto a la forma de hablar, sino al contenido de esa predicación). El pecador es salvo oyendo el Evangelio, y creyéndolo. Este es el medio ordenado por Dios para la salvación de las personas. Pero si es así, ¡¿cómo se puede pensar que alguien pueda ser salvo precisamente por su ignorancia del Evangelio?! ¡Es justo lo contrario de lo que dice aquí Pablo, y de lo que enseña toda la Biblia! Dios dice que la única posibilidad de salvación para el ser humano en su situación de perdición es por medio de la predicación del Evangelio. ¡¿Entonces, nos atreveremos nosotros a decir que las personas que nunca llegan a conocer el Evangelio se salvarán precisamente por ello?!

La cadena de la salvación

Con esto de «la cadena de la salvación» me refiero no a Romanos 8:30 (otra «cadena de la salvación»), sino a Romanos 10:13-14: «Todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?». Aquí, al igual que en el punto anterior, parece que el apóstol Pablo está diciendo con toda claridad que los que no llegan a conocer el Evangelio no pueden ser salvos. Dice que para ser salvo, hay que invocar el nombre del Señor; y que para invocar el nombre del Señor, hay que creer en Él; y que para poder creer en Él, es necesario haber oído hablar de Él; y que ello, a su vez, implica que alguien tiene que predicar (el evangelio). La clara implicación de todo ello es que, si no se predica el Evangelio, la gente no lo puede conocer; y si no llegan a conocerlo, no pueden creer en Cristo; y si no creen en Cristo, tampoco pueden invocar su nombre; y si no invocan su nombre, no pueden ser salvos. Conclusión: ¡la ignorancia del evangelio no salva!

¿Evangelizar o no evangelizar?

En pocas palabras, si fuera verdad que las personas que nunca llegan a conocer el Evangelio se salvan (por no haber tenido la oportunidad de creer en Cristo), entonces ¡¿no sería mejor prohibir la evangelización?! Si los miembros de una tribu, por ejemplo, aún no conocen el Evangelio, y si esa ignorancia suya les salva, ¡¿por qué llevarles el conocimiento del evangelio, si haciendo eso se corre el riesgo de que algunos de ellos (o todos ellos) rechacen el evangelio, «cayendo» así de la salvación por ignorancia a la condenación por rechazar el evangelio?! Si la ignorancia (del Evangelio) salva, ¡bendita ignorancia!, ¡y maldito cualquiera que ponga en peligro la salvación de alguien, predicándole el Evangelio! (Sé que a esto se podría responder: «Sí, pero evangelizar es un mandamiento del Señor, y hay que obedecerle»; ¡pero esta respuesta solo sirve para trasladar la culpa de la condenación de las personas desde los creyentes al Señor!).

Los dos siervos

En Lucas 12 (del 41 al 48), el Señor cuenta una parábola en la que un hombre pone sobre su casa a uno de sus siervos. Pero el siervo en cuestión no hace lo que debe, y cuando vuelve su señor, este lo castiga. Y es en este punto donde el Señor hace una distinción significativa: «Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco» (vv. 47-48). Aquí, la ignorancia (de la voluntad del señor de la casa) es un «atenuante», ¡pero no exime de la culpa ni libra del castigo! Los que nunca llegan a conocer el Evangelio son menos culpables —¡por supuesto!— que los que sí lo conocen, ¡pero ser menos culpable no es ser salvo! ¡Ser «azotado poco» no es una ilustración de algún rincón del Cielo!

El atalaya infiel

El pasaje sobre «el atalaya» viene dos veces en el libro de Ezequiel (3:16-21; 33:1-9). Hay un detalle aquí que parece tener algo que ver con nuestro tema: «Te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte. Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano» (3:17-18). En este caso —si el «atalaya» no es fiel a su cometido— el Señor «demandará la sangre del impío de su mano», ¡pero el impío no se salva!: ¡«el impío morirá por su maldad» (v. 18)! Sí, el «atalaya» es culpable —no ha amonestado al impío—, pero, aun así, el impío muere. ¿Por qué? Pues, «por su maldad»: porque sigue siendo pecador. ¿Y no se puede aplicar esto a las personas que nunca llegan a conocer el Evangelio? Son menos culpables —no se les ha avisado— pero no por eso se salvan. Siguen siendo pecadores, y Dios tiene derecho a castigarles.

Conclusión

A pesar de haber expuesto aquí argumentos aparentemente (tal vez) teóricos y fríos, mi intención ha sido todo menos «teórica» y «fría»: la resumiré en pocas palabras: ¡necesitamos, como creyentes, recuperar el sentido de la urgencia en nuestra evangelización! La idea de que la gente se puede salvar sin conocer el Evangelio —¡que hasta se salvarán si no llegan a conocerlo!— ¡es uno de los mayores enemigos de la predicación del Evangelio! ¡Es la excusa perfecta que nuestra cobardía y nuestra indiferencia andaban buscando! ¡¿Qué mejor que convencernos de que la gente tendrá más posibilidades de salvarse si nosotros no hacemos nada, si no les hablamos?! («¡Dejémosles en su ignorancia!— ¿quién sabe?, quizás el Señor tenga misericordia de los pobres»). Ahora, cuando se tiene muy claro que la ignorancia no salva, y que la única esperanza para los pecadores es que oigan el Evangelio, que conozcan el mensaje de Cristo y que pongan su fe en él, ¡es esta convicción la que nos despertará de nuestro sueño espiritual, y la que nos sacudirá y nos levantará a salir a predicar el Evangelio a toda criatura!

Nota del Editor: Publicado por Editorial Peregrino en la revista Nueva Reforma (n. 58), usado con permiso.

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